¿Cuándo perdimos la guerra?

«La historia la escriben los vencedores», dijo George Orwell en 1944. Nadie podrá acusarlo de carecer de razón. Los estadounidenses han contado la historia de sus victorias, lo mismo que los británicos en su momento, o los españoles, o los romanos. Entre tanto, los derrotados han tenido que soportar en silencio la glorificación de la victoria de sus enemigos.

Sin embargo, Colombia parece ser la excepción de esta verdad. Aquí están escribiendo la historia, o reescribiéndola para ser precisos, los cobardes, los psicópatas, los asesinos, los secuestradores, los impresentables y los que tienen un sinnúmero de crímenes por pagar, amparados en la institucionalidad paralela que parió el tal acuerdo de paz, como es el caso de la abominable Comisión de la Verdad. Aunque ellos nunca ganaron la guerra, ahora pretenden no solo reescribir la historia sino también, posar de almas iluminadas e impolutas en un país con una deformidad moral sin precedentes.

Desde el «despiporrado» presidente, que nunca se acogió a ningún indulto ni amnistía, aquellos que nunca ganaron la guerra se atreven a cobrar por ventanilla una victoria que jamás obtuvieron. El discurso de ser los presuntos vencedores ha calado en el imaginario nacional, al punto de tener que presenciar alabanzas y narraciones altisonantes sobre criminales como Iván Márquez, el Mono Jojoy o Timochenko.

¿Cuándo ganaron la guerra? ¿Será que las FARC, el M-19, los carteles de la droga, el ELN y demás lacras del terrorismo vencieron a la nación colombiana? Lo que está presente en la memoria es que los cabecillas de las FARC y del ELN, todos espantadizos, se escondieron en Venezuela, Ecuador y Cuba cuando sus tropas en el monte estaban siendo derrotadas en el campo de batalla.

Ver a Violeta Ramírez, alias Tatiana, pontificando sobre la paz y asegurando que ser terrorista del ELN es un proyecto de vida para muchos jóvenes, cuando ella es una de las responsables del atentado contra Centro Andino, es un golpe artero contra la dignidad de Colombia y contra las miles de víctimas del terrorismo.

Lo mismo pasa con alias Tornillo, o alias Timochenko, o alias Victoria Sandino, quienes han sido beneficiados con la impunidad de Santos. Ahora tratan de reescribir la historia y buscan obtener un beneficio repudiable: el olvido de sus monstruosas fechorías. Para tal fin, amenazan con denuncias y persecuciones de toda índole a quien se atreva a recordarles su pasado terrorista que, evidentemente, está quedando impune.

Es claro que ninguno de ellos ganó la guerra, aunque ahora pretendan hacer pasar como triunfo bélico el puñado de votos que les otorgó la victoria en las presidenciales. Porque fueron solo 700 mil los votos que separaron a Petro de Hernández en la segunda vuelta y esa cifra, dándole al Pacto Histórico el beneficio imposible de la transparencia electoral, no representa ni una victoria ni una patente de corso para reescribir la historia y mucho menos para hundir al país en el decrecimiento que tanto les entusiasma.

Las audacias narrativas de los victimarios han sumido al país en un profundo mar de engaños. La manida cifra de 6 402 falsos positivos es una muestra fehaciente de esa manipulación, pues más allá de la difusión del número, nadie tiene en su mano la lista de los fallecidos, ni la precisión de modo, tiempo y lugar en que supuestamente ocurrieron esas ejecuciones. Así, el posicionamiento del número como parte de un discurso sin sustento, ha sido parte de la estrategia desplegada por los enemigos de la democracia y de la libertad.

Los que nunca ganaron la guerra pretenden, de un plumazo, borrar una parte de la historia que sí está sustentada en pruebas reales. Dos ejemplos que ilustran la afirmación anterior: según el Registro Único de Víctimas, a septiembre de 2022, 9 342 426 colombianos fueron víctimas de la violencia atroz que ha vivido el país en los últimos 60 años. ¿Será que es un número menos relevante que los hipotéticos 6 402 falsos positivos?

Asimismo, los ataques perpetrados por las FARC contra miembros de las Fuerzas Armadas suma la monstruosa cifra de 403 352 colombianos uniformados que padecieron la barbarie de las FARC y cuyas historias pretenden borrar con un número sin sustento como el de los falsos positivos. ¿Será que 403 mil víctimas reales no merecen mención alguna por los fanáticos de la narrativa de los falsos positivos?

Resulta evidente que a ellos no les importan ni los muertos en los falsos positivos, ni los millones de víctimas de la violencia vivida en Colombia, ni mucho menos los 403 mil militares y policías asesinados o victimizados por las FARC. A ellos solo les interesa tener un caballito de batalla para fortalecer las aspiraciones de los politicastros a los que idolatran, los mismos que hoy quieren reescribir la historia y posar de vencedores.

Pese a semejante embate de desinformación o de datos selectivos y excluyentes, la nación que no se siente derrotada por los terroristas, ni tiene la intención de claudicar ante los promotores del terror, se niega a dejar que los victimarios, hoy en el poder, invisibilicen las reales dimensiones del salvajismo «altruista» del terrorismo. A pesar de todo, Colombia no se rinde.

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